Implica
Revisar el modo en que entendemos nuestra función docente.
• Pasar de transmisores de contenidos a facilitadores de oportunidades de
crecimiento.
• Pensar tanto en el “qué” queremos que aprendan los alumnos como en
el “cómo” creemos que pueden aprenderlo (y, por supuesto, en el “para
qué”).
• Reducir sesiones presenciales dedicadas al conocimiento conceptual
sobre el que tradicionalmente pivotaban muchas asignaturas para
buscar vías de apropiación del mismo a partir de trabajo autónomo
(permitiendo así que las sesiones presenciales se dediquen al
aprendizaje cooperativo, al debate, a la construcción de conocimiento).